De Pérez Jiménez a Ottolina: Venezuela, una oda retrospectiva al mesianismo

20 junio 2021
Publicado por: Ronald Goncalves

De Pérez Jiménez a Ottolina.

En tiempos de crisis, el pasado suele ser añorado con desesperanza y nostalgia. “Eran tiempos mejores”, frase cotidiana en épocas turbulentas, se escucha en reuniones familiares, donde momentos alejados de la aciaga actualidad son recordados.

Renaldo Ottolina / Foto: Globovisión.

Renaldo Ottolina / Foto: Globovisión.

Venezuela, país acostumbrado a esta dinámica, bien conoce el acto de mirar al pasado, de pensar en el dólar a 4,30 o en el Hotel Humboldt. Incluso a pesar de su incapacidad de revisar la historia para evitar repetirla, es innegable que el venezolano resulta diestro en lo que a pensar en antaño se refiere. Lástima que, en el proceso, alimente un mesianismo que ha llevado a personalidades como Renny Ottolina y Marcos Pérez Jiménez a un olimpo donde no pertenecen.

Viviendo de antiguas. ¿Glorias?

No es extraño, sin embargo, que figuras como las resaltadas sean objeto de pleitesía: son antagónicas a lo que hoy en día es objeto de odio. Estando ubicados en el extremo opuesto del compás político, Ottolina y Pérez Jiménez son la evocación última del deseo de cambiar de rumbo. Son la manifestación más cercana -quizás única- que la historia moderna venezolana ofrece a quienes están hastiados del dominio de la misma corriente. Empero, su apreciación antisistema ha convergido en una errada configuración del pasado en el imaginario colectivo.

¿El resultado? “Renny Ottolina hubiese ganado las elecciones” y “Con Pérez Jiménez estaríamos mejor”. 

Porque, a diferencia de lo que la narrativa contemporánea ha determinado como real, ambas frases populares previamente citadas son incorrectas o, cuando menos, dudosas. Ottolina no estuvo ni remotamente cerca de ser un contendiente palpable para las elecciones de 1978; solo contaba con 8.3% del apoyo electoral –vía Mérida Digital-. Y pensar que Pérez Jiménez haría de nuestra actualidad un tiempo mejor, es dar por sentado que cambiar un régimen autoritario por otro haría diferencia notable alguna. En cualquier caso, la población escogió las narrativas que más se apegan a sus anhelos inconscientes, los cuales denotan una vez más nuestro inexpugnable afán mesiánico.

Marcos Pérez Jiménez. / Foto: El Carabobeño.

Marcos Pérez Jiménez. / Foto: El Carabobeño.

 

 

Pasatiempos ante la espera de un nuevo heraldo

Porque, en efecto, Venezuela es un país con una predominante cultura mesiánica: mantenernos religiosamente atentos a la llegada de un nuevo salvador es un leitmotiv. No obstante, durante la exasperante espera por su arribaje, el venezolano ocupa el tiempo en figuras ficticias, creadas con el objetivo de rellenar su vacío material. Por eso Ottolina, Pérez Jiménez e incluso Chávez cuentan con una connotación similar: fueron, o son, la representación tangible de lo opuesto. Y lo opuesto, en tiempos caóticos de debacle política, económica y social, siempre es lo deseado.

En cualquier caso, ya sea hablando del ‘número uno de la televisión’, del ‘general’ o del ‘comandante supremo’, son tan solo instrumentos de un mismo fenómeno. Es decir, la comodidad de adjudicar las responsabilidades propias a terceros se ve materializada en individuos que, conscientemente, prometen asumir esos deberes. Así, a día de hoy, Ottolina queda grabado más bulliciosamente por la romantización de la idea de lo que no fue y pudo ser.

Pérez Jiménez, por su parte, genera estragos únicamente por la memoria selectiva sobre variables aisladas de su contexto. Chávez, en cambio, es recordado por ser el revolucionario que rompió con el férreo bipartidismo venezolano. Y los tres, cada uno en su respectivo sector, es extrañado porque aún hay una crisis que encomendar a ‘alguien’

Hugo Chávez. / Foto: La Prensa (Perú).

Hugo Chávez. / Foto: La Prensa (Perú).

 

 

Desmontando mitos

Por lo tanto, es importante reconocer la historia como es, o se coincide que es. Del mismo modo es sabido que Chávez, más que revolucionario, fue un autoritario e inhumano mandamás, es imperativo percibir correctamente quiénes eran las imágenes restantes. Porque no, Ottolina no fue asesinado en un atentado propiciado por Carlos Andrés Pérez, ni mostraba preparación alguna para gobernar. Era un curtido periodista que ocupó la narrativa que hoy en día satisface a parte de la población, incluso a pesar de ser un corporativista que se fijaba en la Unión Soviética

Y, no, no estaríamos mejor con Pérez Jiménez; la censura, la represión, la falta de garantías constitucionales, el dominio del Estado y similares estarían tan vigentes como ahora. La idealización de estas representaciones es el equivalente al contrario, a lo que por muchos años se ha hecho con el expresidente de la República. Es la magnificación de una persona, de una ideología, de un concepto, viciados por la subjetividad y la ausencia de pensamiento crítico. Porque el mesianismo, como el populismo, no conoce de bandos, de forma que son igual de comunes y, por lo tanto, igual de peligrosos.

 

 

La reflexión

El afán por Ottolina y Pérez Jiménez nace no solo por el mesianismo, sino también, por el desconocimiento. La irresponsabilidad y la ignorancia son los componentes principales que cimientan el ascenso de figuras antidemocráticas. Especialmente, que la juventud extrañe tales individualidades, aún a pesar de nunca haberlas vivido, es una peligrosa y fidedigna muestra de lo anterior.

Es reflejo de la anteposición de ‘aceptar’ sobre ‘dudar’. Así, el regreso de la democracia será una fantasía de poca duración si no somos capaces de superar los fantasmas del pasado. Y ello empieza por cortar los lazos con el idilio de un outsider que revertirá este apocalipsis llamado Venezuela. No sucederá

Quieres recibir los artículos antes que se publiquen?
Suscribete a nuestro newsletter.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quizas te interesen tambien…